Leo y el Amor

Signo Leo

Mick Jagger es del Signo Leo.

El corazón está regido por Leo, y el sector astrológico ocupado por Leo es también el del amor. Del AMOR con mayúsculas, de las pasiones exaltadas, de los arrebatos excelsos.

El ser amado quedará inundado por la radiante claridad y luminosidad del Leo y ascendido al pedestal de un dios, ya que la magnificencia del Leo no le permite enamorarse más que de un ser que considere a su misma y sublime altura. De ahí que no vivirá una aventura como algo pasajero y ligero, sino como una gran pasión, «la pasión de su vida», sin importar que sólo dure una noche o un día.

El objeto de su amor tiene que estar al nivel del elevado concepto que posee de sí mismo, ser vistoso y brillar como el Sol.

Aunque de personalidad fuerte y vital, su pasión no se traduce directamente en sensualidad, sino que la sublimará mediante expresiones enaltecidas y transportadas a cimas excelsas e inalcanzables, invitándole a trascenderse, así, hasta las más altas esferas divinas: «Beatriz miraba fijamente las eternas esferas y (…) contemplándola, me transformé interiormente (…).

No es posible expresar con palabras el acto de pasar a un grado superior de la naturaleza humana. Cual una nueva Beatriz de Dante, o Laura de Petrarca, la amada es ensalzada y enmarcada poéticamente en un nimbo irradiante de luz y belleza. (Recordemos que Petrarca tenía Sol, Mercurio y ascendente en Leo.)

No hay que olvidar que el astro regente de Leo no es otro que la estrella de nuestro sistema, el núcleo irradiante de todo calor, vida y luz de nuestro mundo: el Sol. Y eso despedirá el amor de Leo: luz, calor, pasión, vida.

Eso sí, el Leo nunca perderá de vista que, realmente, la estrella, el centro del universo, es él y que, en definitiva, de lo que se trata es de «su» gran pasión, de «sus» sublimes sentimientos, de «su» exaltado delirio, del brillo de «su» entusiasmo y del resplandor de «su» amor.

Porque, como dijo Antonio Machado, «nada prueba contra el amor que la amada no haya existido jamás».

Lo importante es que él, el Leo, sí existe, y que su existencia es vital para la humanidad y su grandeza, digna de admiración para los mortales; no pudiendo, naturalmente, su amor más que estar a la altura de un dios, ser, en definitiva, divino.

En consecuencia, Leo es la gran estrella de la palestra del amor: el amante bello, de grandes ademanes y actitud magnánima, rodeado de un ambiente espectacular y mundano. Pero no se sabe muy bien si el objeto de su amor no es más que eso: un objeto, una pieza más del decorado para el teatral Leo.

Aunque, también hay que decirlo, al amado-amada muchas veces no le molestará ser colocado en el pedestal de un dios y alcanzar el privilegio de ser objeto de tan excelso amor. Y es que eso del narcisismo no es sólo privativo del Leo.

En cuanto al matrimonio, la mujer Leo, consciente de su grandeza y valía, no puede casarse con un cualquiera: cuando menos, el agraciado por su mirada debe estar en su misma posición.

¿Cómo una reina va a desposar a un plebeyo? Y desde luego exige las atenciones debidas a su realeza: una lujosa casa, un rico vestuario, una buena cuenta corriente y, en las fechas señaladas, costosos regalos.

Y si su economía no da para tanto, la mujer Leo sentirá una amarga frustración. Por el contrario, si su marido la mantiene a la altura requerida, será una mujer cariñosa, alegre, que le colme de vida y calor. Es, además, franca, leal y generosa y, cuando se entrega, su amor no tiene medida. Finalmente, el marido podrá contar con su respeto y solidaridad en las circunstancias difíciles de la vida.

Respecto a la fidelidad, el carácter noble de Leo otorga gran importancia a ésta, mas, por encima de ella, ama la verdad, y no soporta que le mientan. Pero, ay, es demasiado vanidoso como para no caer en la tentación de exhibir aventuras espectaculares. ¿Y para qué ponerse celoso? Seguramente no hay en ello más que una buena dosis de apariencia.

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